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martes, agosto 3, 2021

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A 18 años del retiro de Marcelo Milanesio, el símbolo de la Liga Nacional

El base de Atenas de Córdoba se despidió de las canchas el 13 de mayo de 2002 y lo recordamos con esta nota de Roberto Martín, un testigo privilegiado de su enorme carrera, publicada originalmente en el sitio Básquet Plus.

Marcelo Milanesio, para muchos el mejor jugador de la historia de la Liga Nacional. Talento, carácter, temperamento, mentalidad, liderazgo, técnica, tiro externo, lectura de juego… el manual del base. Y fue tan grande que se retiró campeón. Fue emblema de su Atenas, pero también imagen y figura de la máxima competencia del básquet argentino.

Durante años se habló y se enumeró con precisión de detalles todo lo que ganó Marcelo Milanesio a lo largo de su carrera, de los títulos con Atenas y la Selección Argentina, como así también de sus logros individuales. Fue MVP de la Liga Nacional en dos oportunidades y una vez de la serie final, fue líder en asistencias del Mundial de Canadá, mejor base en varios torneos nacionales e internacionales, MVP del Sudamericano Juvenil de Pereira cuando recién comenzaba a tomar estado público su nombre, y así la lista se hace interminable…

Por eso nos vamos a detener en algunas cuestiones sin dejar de lado todo lo encunciado en el párrafo anterior, sobre todo porque las generaciones actuales nunca pudieron disfrutar de su magia dentro de un cancha. Marcelo pintaba para crack, pero llegó a Atenas de la mano de su hermano Mario, el rompe redes de los torneos de Río Tercero que fue tentado por varios equipos pero terminó desembarcando en el barrio General Bustos. Y por supuesto, con Marcelo por imposición de su padre: “O van los dos, o no va ninguno“.

En Atenas hizo toda su carrera, y no porque no tuviera ofertas de otros clubes. Sucede que el corazón de Marcelo estaba teñido de verde, y por eso fue el líder, el capitán, el emblema y el jugador más representativo en la historia del club. Sin embargo su nombre traspasó los límites de la provincia y se hizo conocido y querido a nivel nacional. El chico nacido en Hernando, a unos 200 kilómetros de la capital cordobesa, fue creciendo con el nuevo orden del básquet argentino -ese mismo por el que tantó luchó León Nadjundel para imponerlo- y cuando alcanzó la madurez que necesitaba para encontrar el equilibrio a su juego, terminó liderando a los griegos a sus dos primeras conquistas ligueras (1987 y 1988).

Fue suficiente para convertirse con el paso del tiempo, en el ícono máximo de la historia de una competencia que llegó a ganar en 7 ocasiones, sin contar las otras 5 que condujo a Atenas a la serie final. Es más, desde 1985 hasta 2002, su equipo llegó a semifinales en 17 de 18 ediciones ligueras, y la “peor producción” fue un amargo quinto puesto en el penúltimo año de su carrera. Durante años Marcelo tuvo asistencia perfecta en cada una de las presentaciones de los cordobeses hasta que una infortunada lesión, sufrida en Bahía Blanca antes de comenzar la temporada 1998/99, acabó con una racha de 649 partidos jugados de manera consecutiva.

El salto a la Selección tardó poco en llegar a su vida, y cuando lo hizo nunca más dejó la celeste y blanca hasta que anunció su retiro de la misma. Disputó los Mundiales de España (1986), Argentina (1990), Canadá (1994) y Grecia (1998). Compartió vestuarios con los mejores jugadores de su generación, pero también con algunos que vendrían después y alcanzarían la gloria en Atenas 2004. Cuando Argentina aún no había logrado consolidarse en el plano internacional, Marcelo lideró a su camada, fue el cerebro y el estratega, y no importaba a quien tenía de compañeros, encajaba perfectamente sin importar los nombres y los entrenadores que lo dirigieron.

Una anécdota cuenta a la perfección el compromiso mayúsculo que tuvo con la celeste y blanca. Después de las finales ligueras de la temporada 1992/93, que Atenas perdió ante GEPU de San Luis, Marcelo emprendió un verdadero rally para sumarse a sus compañeros que estaban disputando el Campeonato Sudamericano de Selecciones Mayores. Con bronca y dolor por la final perdida, armó los bolsos y emprendió el viaje a Buenos Aires, donde pasó la noche en el departamento de un amigo. A la mañana siguiente partió en avión hacia San Pablo, y de allí se subió a un colectivo para recorrer los últimos 200 kilómetros de su viaje hasta Guaratinguetá, el municipio brasileño que fue sede del torneo. No importó el momento, tampoco el cansancio y el periplo, Marcelo viajó, llegó, y terminó siendo el mejor jugador de Argentina en el Sudamericano, con dos actuaciones brillantes ante Brasil (29 p) y Uruguay (25 p), por entonces las otras dos potencias de la región.

El Mundial de 1994 disputado en Toronto lo catapultó definitivamente. Al equipo dirigido por Guillermo Vecchio le tocó una primera fase durísima, y para esa altura, imposible de superar. Rusia y Canadá, por entonces varios peldaños por encima, enviaron a Argentina a la Ronda Consuelo y le quitaron las chances de lograr medallas, sin embargo le tocó medirse con España y Alemania, rivales a los que pudo derrotar para atrapar un noveno lugar que en ese entonces no se valoró como se debía. Milanesio fue una vez más el dueño de la pelota, el arquitecto y el armador, y de sus manos llegaron los pases que sus compañeros transformaron en puntos para erigirlo como el líder en asistencias del Mundial, superando a Tony Kukoc, la estrella croata con la que luchó cabeza a cabeza para ganar ese rubro estadístico.

Diez años antes que Manu Ginóbili, y mucho más lejos en el tiempo que Luis Scola, Marcelo Milanesio se quedó con el Olimpia de Oro, el premio mayor que otorga anualmente el Círculo de Periodistas Deportivos de la Ciudad de Buenos Aires. ¡Nunca antes el básquet se había quedado con esa distinción! En diciembre de 1993, Marcelo marcó el camino una vez más.

Atenas ganó casi todo lo que jugó a lo largo de la historia, y para hablar de Atenas es imposible no referirse a Marcelo. No obstante, hay un tercer puesto que terminó con sabor a gloria, esa que dignifica y se valora por sobre todas las cosas, especialmente cuando a la hora de tirar nombres surgen Chicago Bulls, Olympiakos (Grecia), Racing de París (Francia), Barcelona (España) y Benetton Treviso (Italia). Una verdadera constelación, y entre ellos el Atenas de Córdoba como representante de este lado del mundo. En el viaje de ida Marcelo no podía dormir, caminaba por los pasillos del avión y de vez en cuando hablaba con algún otro pasajero que también permanecía despierto. La ansiedad por llegar y picar la pelota eran más fuertes, estaba a horas de desplegar su talento una vez más. En el McDonald’s que reunió a los mejores equipos del planeta, Atenas volvió a mostrar su esencia, de equipo comprometido y que iba por todo, sin importar el rival que pudiera tener enfrente. Lo padeció Benetton en el debut con el gran planteo táctico de Rubén Magnano y las producciones de Milanesio, Héctor Campana y Fabricio Oberto, las figuras de los cordobeses en un plantel que también estaba conformado por Leandro Palladino, Stephen Rich, Steven Edwards, Diego Osella, Bruno Lábaque, Gabriel Riofrío y Andrés Pelussi. Ante Olympiakos la hazaña estuvo cerca después de remar de atrás todo el partido y dejando el corazón para tratar de llegar a la final, pero le faltó tiempo y una jugada fortuita lo dejó sin chances de enfrentar a un equipo de la NBA por primera vez. Sin tiempo de recuperación, Milanesio volvió a ser el líder para derrotar al día siguiente a Racing con el público en contra, y conquistar así el último lugar del podio, de un torneo que fue un punto de partida para nuestro básquet.

Después de París lo tentó el Benneton para jugar en Europa. Se abrían las puertas para recalar en una de las competencias más importantes del mundo. Su corazón verde pudo más, pero también el hecho de que la oportunidad le llegó tardía, cuando a su carrera le quedaban pocos años. ¿Fue una buena decisión? imposible saberlo, pero está claro que los italianos se demoraron porque en aquella época donde recién nacía Internet, muchas veces se perdían de ver y/o descubrir grandes jugadores en otros lugares del mundo. Lo cierto es que el gran favorecido fue Atenas, que siguió disfrutanto de su talento para ganar la Liga Nacional dos veces más.

¿Le importaban los números a Marcelo? dentro de la cancha definitivamente no, pero después leía y se informaba, buscaba siempre mejorar su juego. Si hay que agregar más virtudes a su enorme talento, una de ellas fue ese sentido de perfeccionar todo. Obsesivo y memorioso, y con una mentalidad ganadora pocas veces vista dentro de una cancha. Solo él podía los límites, para bien o para mal, se convirtió rápidamente en el héroe de la película, no porque lo quisiera, simplemente porque era una consecuencia natural. Sus triples fueron su marca registrada, la de un base cerebral pero mortífero. Una vez, ante Estudiantes, en el Osvaldo Casanova, dio vuelta el partido con cinco conversiones de larga distancia en los últimos dos minutos. Y ni hablar los partidos que definió sobre la hora en cualquier cancha, básicamente porque no le temblaba el pulso en esos instantes que la pelota quema en las manos. Si había alguien con carácter, ése era Marcelo.

Decidió retirarse campeón y fue profético, porque volvió a liderar a Atenas a la conquista de Liga 2001/02 y dándose el placer de compartir equipo con su hermano Mario. Nunca se arrepintió de tomar esa decisión, aún cuando su calidad y su físico estaban intactos para seguir. Decidió irse por la puerta grande y está bien, como todo lo que hizo durante su carrera, donde llegó a ser el mejor base, pero además el ícono máximo de la historia de la Liga.

Nota publicada originalmente en basquetplus.com

Foto diario La Voz del Interior

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