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lunes, agosto 2, 2021

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Sólo Básquet, historia de una pasión

La histórica revista que difundió el día a día de nuestro deporte, hoy cumpliría 30 años desde su edición número uno, el 28 de marzo de 1989. Y aprovechando el aniversario, Marcelo Nogueira abre el arcón de los recuerdos y repasa el origen de la publicación que estuvo en los kioscos hasta 1997.

Treinta años después repaso el staff periodístico de Sólo Básquet y no lo puedo creer…
(Pido autorización para escribir en primera persona)
Director periodístico: Miguel Angel Romano. Jefe de redacción: yo. Redactores: Marcelo Guerrero y Miguel Simón.

No figuran en ese número 1 (creo que por una cuestión legal momentánea) pero en el interior de la revista firmaron notas: Alejandro Pérez y Marcelo Vidal. Y estaba Horacio Brusco. También Marcelo Figueras, como fotógrafo estrella, luego de dejar El Gráfico.

Una nutrida banda de amigos que fueron corresponsales: Juan Carlos Meschini (Bahía Blanca), Rodolfo Puleo (Mar del Plata), Gustavo Aguilera (Cañada de Gómez), Francisco Calderón (Paraná), Ernesto Veragüa (Corrientes), Lito Argañaraz (Santiago del Estero) y Luis Molodesky (Resistencia), entre otros, además de algunos que fallecieron y no podremos olvidar: Oscar Ibañez (Neuquén), Oscar Lehrer (Rosario), Guillermo Pomelo Ferragut (Córdoba) y Daniel Cingolani (Venado Tuerto).

Teníamos corresponsales “verdaderos” en el exterior como Jorge Pérez Manzione (Uruguay, ya fallecido) y Fernando Moro (Brasil). Y también corresponsales “truchos”, con nombres de fantasía: Robin Shepard (Estados Unidos), Franco Batistella (Italia) y Sixto García (España). En realidad, yo fui Shepard para las notas de la NBA, Batistella en lo referido a la Lega y García cuando tocaba escribir de la ACB.
(Hoy puedo contar algunos secretos).
Y tampoco me olvido de cada uno de los periodistas que pasaron por la redacción, más o menos tiempo, aunque nos los mencione en este artículo. Definitivamente, se había armado una cofradía.

La revista nació como inquietud de Edmundo J. Armando, un aventurero contador devenido en empresario editorial, que se adueño de la desaparecida Sólo Fútbol y desde ahí empezó a expandirse con otros títulos.

No sé cómo consiguió mi teléfono de línea (apenas si había algún celular por ahí, los Movicom) y en la tarde del 11 de enero de 1989 encontré un mensaje en el contestador automático con la propuesta de armar una revista de básquet.

Fuimos al encuentro con Marcelo Guerrero a unas oficinas de la Avenida Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires. Era enero y, como siempre, Miguel Romano descansaba de vacaciones en Coronda, su ciudad natal.

Convencimos a Armando de cómo debería ser la revista y cómo estaría integrado el staff. Y en menos de una semana nos largamos a trabajar en un diseño posible. Con Guerrero coincidimos en nombrar a Romano como director y era clave contar con Figueras. Así fue.

Marcelo Vidal fue el primer enviado especial de la revista antes de que salga el primer número. ¿Destino? Paraná  para la cobertura del Campeonato Argentino.

Necesitábamos historias y empezar a meternos en el ambiente.

La primera redacción estaba en Yerbal 121, primer piso, en Caballito, con gran ventanal a las vías del ferrocarril. Constaba de una habitación de 20 metros cuadrados en donde amontonábamos varias máquinas de escribir; pocas computadores con diskette, todo sobre escritorios fijos; una estufa a gas que funcionaba bien en verano y mal en invierno; un ventilador que no andaba en verano y en invierno se usaba de perchero; pava, mate, yerba, facturas, revistas viejas, libros de la NBA, diarios de varias partes del mundo, y nuestra gran ilusión de cambiar el mundo del básquet desde nuestra revista.

Antes de que Guillermo Francella popularizara, en El secreto de sus ojos, la línea “… el tipo puede cambiar de todo… pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión”, Miguel Romano (QEPD) escribió en el número 1: “La vida no tiene demasiado sentido sin una pasión que la aliente…”.

Y detrás de una pasión fuimos todos, los periodistas, los fotógrafos, los diseñadores y los lectores. Lástima que duró poco, tan poco como duran a veces los grandes amores, siempre inolvidables.

Por Marcelo G. Nogueira

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